La escena podría ser digna de una viñeta de Quino:
En una viñeta se ve a una mujer africana que viaja
con su bebé a la espalda atado con una tela de colores vivos. En la cabeza un
hatillo de ropas y algunos enseres básicos. Camina con chanclas, y de vez en
cuando se detiene para darle el pecho al bebé a la sombra de un baobab (o
imbondeiro como los llaman en estas latitudes)
La mujer no parece tener prisa ni temer nada,
camina pausadamente.
Se ve a una occidental que viaja con su bebé a
África.
En el carro del aeropuerto cuatro enormes maletas
se balancean a punto de caer, el cochecito supersónico donde reposa la tierna
criatura está cubierto por una mosquitera y varios juguetes didácticos cuelgan
sobre su cabeza, la cuna plegable y la bañera
hinchable apenas caben en la cinta transportadora, y la madre, desesperada
intenta preparar un biberón perfectamente esterilizado mientras rebusca entre
sus bolsas el líquido desinfectante de manos a falta de un baño decente en el
aeropuerto local.
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Madre descontextualizada |
Evidentemente, antes de lanzarme a esta aventura
con mi nuevo estatus maternal, tuve que aclarar algunos asuntillos que me
rondaban “ligeramente” por la cabeza. Y es que, aunque yo ya había pasado varios meses en el Cu do Mundo, y sabía que el mayor de los peligros podía ser morir de aburrimiento, cuando una
se convierte en mamá, es como una leona que ve enemigos en cada esquina.
En mi mente se agolpaban imágenes de virus tamaño
diplodocus recorriendo las calles de la ciudad, el agua putrefacta que salía de las cañerías, los mosquitos
que había que matar a cañonazos y un sinfín de alegres estampas que me hacían
temblar.
Por no hablar de la evidente presión familiar y
amistosa, que desconociendo la realidad de Ondjiva, se imaginaban que poco más
o menos la pequeña acabaría en la cazuela de algún festín tribal. ¡Tierna carne
blanca!
Mandé a mi novio, que se había quedado en Ondjiva,
hacer un exhaustivo estudio sobre las condiciones médico-sanitarias, investigar
dónde comprar los productos de primera necesidad infantil, descubrir qué
triquiñuelas eran necesarias para que los polis nos dejaran cruzar la frontera
hacia Namibia en caso de necesidad…
Tras conocer a los 6 pediatras cubanos que trabajan
en el hospital local, comprar un cargamento de productos infantiles en Namibia
como para cubrir las necesidades de los próximos 18 años, y conseguir audiencia
con el gobernador para que nos diera un salvoconducto para cruzar la frontera a
cualquier hora, consideré que tal vez ya era el momento de volver.
Llegada a Luanda tras 8 horas de vuelo. Primera
etapa superada pero…¿dónde están mis maletas?
Tres de nuestras cuatro maletas habían decidido
quedarse en París o cualquier otro punto del misterioso universo paralelo de
los equipajes.
¡¡¡¡Dios mío!!!!
¡¡¡¡Botiquín, cargamento de pañales, sacamocos, ropita
de bebé, juguetes evolutivo-ecológico-didáctico-lúdicos, manuales de primeros
auxilios, todo desaparecido!!!!
Apenas tenía una bolsa con una muda y algunos
pañales.
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Cargamento sospechoso |
-
Y cuando cree usted que llegaran nuestras cosas?
-
En el próximo vuelo.
-
Ah, genial! Y cuándo es?
-
No sé, llamen mañana.
-
Pero debemos seguir nuestro viaje a Ondjiva
-
Si, ya se las mandaremos allí.
Evidentemente, mi
confianza de que fueran a mandar mis maletas “achadas” al Cu do Mundo
era nula, por lo que decidimos quedarnos en Luanda hasta que aparecieran en el
siguiente vuelo que resultó llegar 3 días después, afortunadamente con todo mi
cargamento bebé-aventura.
¡Primera etapa superada!
Me disponía a coger el siguiente vuelo de Luanda a
Ondjiva, toda alegre con mi niña en su cochecito y sus pertenencias
recuperadas, cuando…
- Alto señorita. ¿Dónde está la carta de permiso
del padre?
- ¿Disculpe agente?
- Para viajar con el bebé necesita el permiso del
padre
- Pero mire usted, es mi hija, y esto es un vuelo
nacional…
- ¿Y cómo sé que no está robando ese bebé?
- Cree usted que si robara un bebé me lo llevaría a
Ondjiva?
- Ah, no sé nada, aquí las madres roban muchos
bebés.
- Pero señor, mi marido me espera en el aeropuerto
de Ondjiva
- Me da igual, es la ley.
Evidentemente esperaba una “gasosa” (nombre común
que reciben los frecuentes sobornos en este país), pero no señor, no estaba
dispuesta a caer en su juego.
Un poco de drama aquí, una llamadita allá y las
puertas se volvieron a abrir.
¡Ya volábamos al Cunene!
¿Qué sorpresas me esperaban en Ondjiva?